Ana y la casa de sus suenos
Ana y la casa de sus suenos Días de noviembre
Los espléndidos colores que habían reinado durante semanas en las costas del Puerto de Cuatro Vientos se habían diluido en el suave gris azulado de las colinas en otoño. Llegaron muchos días en los cuales los campos y las costas se oscurecían por una lluvia cerrada, o temblaban bajo el soplo de un melancólico viento del mar, y noches, también, de tormentas y tempestades, en las que a veces Ana se despertaba rezando para que ningún barco chocara contra la siniestra costa norte pues, de ser así, ni siquiera el gran faro fiel, que rotaba sin temor a través de la oscuridad, podría guiarlo hasta puerto seguro.
—A veces, en noviembre, siento que la primavera no regresará jamás —dijo Ana, suspirando, apenada por el aspecto irremediablemente desagradable de sus macizos de flores empapados y congelados.
