Ana y la casa de sus suenos

Ana y la casa de sus suenos

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Gilbert no le respondió con palabras; pero me temo que los dos se olvidaron de la pobre Leslie, que caminaba deprisa y solitaria atravesando los campos hacia una casa que no era ni un palacio ni la realización de un sueño.

La luna se levantaba por encima del mar oscuro y triste, a sus espaldas, y lo transfiguraba. Su luz aún no había llegado al puerto y el extremo más alejado de éste se veía oscuro y sugestivo, con sus caletas en sombras, su rica tenebrosidad y sus luces como joyas.

—¡Cómo brillan esta noche las luces de las casas a través de la oscuridad! —dijo Ana—. Esa hilera de luces, a lo largo del puerto, parece un collar. ¡Y el fulgor en Glen! Ay, mira, Gilbert, allí está la nuestra. Me alegro tanto de que hayamos dejado encendida la luz. Odio volver a una casa oscura. ¡La luz de nuestra casa, Gilbert! ¿No es bonito verla?

—Apenas uno de los muchos millones de hogares de la Tierra, querida, pero nuestra, nuestra, nuestro faro guía en «un mundo malvado». Cuando un hombre tiene un hogar y una querida y pequeña esposa pelirroja en ese hogar, ¿qué más puede pedirle a la vida?

—Bien, podría pedir una cosa más —susurró Ana, feliz—. Ah, Gilbert, me parece como si no pudiera esperar a que llegue la primavera.


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