Ana y la casa de sus suenos
Ana y la casa de sus suenos —¿No es un hombrecito precioso? —dijo el capitán Jim, arrobado—. Me gusta mucho mirar dormir a los niños, señora Blythe. Creo que es lo más bonito del mundo. A Joe le encanta quedarse a dormir aquà porque duerme conmigo. En su casa tiene que dormir con los otros dos muchachos, y no le gusta. «¿Por qué no puedo dormir con papá, tÃo Jim? —me pregunta—. En la Biblia todos duermen con los padres». Las preguntas que hace, ni el mismo ministro podrÃa contestarlas. Me deja sin palabras. «TÃo Jim, si yo no fuera yo, ¿quién serÃa?», o «TÃo Jim, ¿qué pasarÃa si Dios se muriera?». Esta noche me disparó dos preguntas de ésas antes de irse a dormir. Tiene una gran imaginación. Inventa unas historias notables y después su madre lo encierra en un armario por inventar historias. Y él se sienta en el suelo del armario e inventa otra y la tiene lista para contársela a su madre cuando lo deja salir. Me tenÃa una preparada cuando llegó esta noche. «TÃo Jim —me dice, solemne como una tumba—, tuve una aventura en Glen hoy». «¿Ah, sÃ? ¿Qué pasó?», le pregunté, esperando algo asombroso pero no tanto como lo que me contó. «Me encontré un lobo en la calle —me dice—. Un lobo enorme con una boca grande y roja y unos dientes espantosos, largos, tÃo Jim». Yo le digo que no sabÃa que hubiera lobos en Glen. «Ah, es que vino desde muy muy lejos —me dice Joe—, y yo creà que me iba a comer, tÃo Jim». Le pregunté: «¿Y tuviste miedo?». «No, porque yo tenÃa una escopeta muy grande —dice Joe—, y le disparé y lo maté, tÃo Jim, y entonces se fue al cielo y mordió a Dios», me dice. Caramba, me dejó perplejo, señora Blythe.