Ana y la casa de sus suenos
Ana y la casa de sus suenos Barreras que caen
—Ana —dijo Leslie, interrumpiendo abruptamente un breve silencio—, no sabes lo hermoso que es volver a estar aquÃ, sentada contigo, trabajando, charlando y guardando silencio juntas.
Estaban sentadas entre los pastos azulados a orillas del arroyo en el jardÃn de Ana. El agua centelleaba y canturreaba a su lado; los abedules arrojaban sombras moteadas sobre ellas; las rosas florecÃan a lo largo de los senderos. El sol comenzaba a bajar y el aire rebosaba de músicas entrelazadas. HabÃa una música que era la del viento entre los abetos, detrás de la casa, y otra de las olas en el banco, y otra más de la campana distante de la iglesia cerca de la cual dormÃa la pequeña damita blanca. A Ana le encantaba esa campana, aunque ahora le traÃa tristes recuerdos.
Miró con curiosidad a Leslie, que habÃa dejado su costura y hablaba con una libertad que era desusada en ella.
—Aquella noche espantosa, cuando estuviste tan enferma —continuó Leslie—, yo no podÃa dejar de pensar que quizá no tuviéramos más charlas ni caminatas ni más trabajo juntas. Y me di cuenta de lo que tu amistad habÃa llegado a significar para mÃ, lo que tú significas, y de lo odiosa que he sido.
—¡Leslie! ¡Leslie! Nunca permito a nadie que insulte a mis amigos.
