Ana y la casa de sus suenos
Ana y la casa de sus suenos La señorita Cornelia arregla las cosas
Gilbert insistió para que Susan siguiera en la casita durante el verano. Ana protestó al principio.
—La vida de los dos solos es tan hermosa, Gilbert. Lo estropea un poco que haya otra persona. Susan es muy buena, pero es una extraña. No me hará daño hacer las faenas de la casa.
—Debes hacer caso a tu médico —dijo Gilbert—. Hay un viejo proverbio que dice que en casa del herrero, cuchillo de palo. No quiero que eso sea cierto en mi casa. Retendrás a Susan hasta que vuelva la vieja primavera a tu andar y hasta que vuelvas a tener las mejillas sonrosadas.
—Usted no se preocupe, querida señora —dijo Susan, que habÃa entrado abruptamente—. Páselo bien y no se preocupe por la cocina. Susan está al timón. No tiene sentido tener perro y ponerse a ladrar. Le voy a subir el desayuno todas las mañanas.
—Ni lo piense —dijo Ana, riendo—. Estoy de acuerdo con la señorita Cornelia en que es un escándalo para una mujer que no está enferma tomar el desayuno en la cama, y que eso casi justifica cualquier atrocidad de los hombres.
