Ana y la casa de sus suenos
Ana y la casa de sus suenos —Nunca… nunca vi nadie como ella —respondió él, algo aturdido—. No estaba preparado… no esperaba… ¡Cielo santo! Uno no espera tener a una diosa de casera. Caramba, si estuviera vestida con un traje de algas, con una diadema de amatistas en el pelo, serÃa una verdadera reina del mar. ¡Y aloja huéspedes!
—Hasta las diosas tienen que vivir —dijo Ana—. Y Leslie no es una diosa. Sólo es una mujer muy hermosa, tan humana como el resto de nosotros. ¿La señora Bryant le contó lo del señor Moore?
—SÃ, es deficiente mental o algo parecido, ¿no? Pero no me dijo nada de la señora Moore, y yo supuse que serÃa la tÃpica esposa trabajadora, que recibe huéspedes para ganarse la vida con honestidad.
—Bien, eso es lo que hace Leslie —dijo Ana, tajante—. Y no le resulta del todo agradable. Espero que Dick no lo impresione. Si es asÃ, por favor, que Leslie no se dé cuenta. Le dolerÃa terriblemente. Él es como un niño grande y a veces se pone algo pesado.
—Ah, no me molestará. De todos modos, no creo que vaya a pasar mucho tiempo en la casa, a no ser durante las comidas. Pero ¡qué desgracia tan grande! Su vida ha de ser difÃcil.
—Lo es. Pero a ella no le gusta que la compadezcan.