Ana y la casa de sus suenos

Ana y la casa de sus suenos

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—Ya que estamos, ¿qué estás haciendo tú? —dijo Leslie, intentando reír. El esfuerzo fue un fracaso. Se la veía muy pálida y cansada; pero sus rizos, que escapaban por debajo del gorro, caían ondulados alrededor de su cara y sus ojos como pequeños y resplandecientes anillos de oro.

—Espero a Gilbert, que está en la caleta. Iba a quedarme en el faro, pero el capitán Jim no está.

—Bueno, yo vine aquí porque quería caminar, y caminar, y caminar —dijo Leslie, inquieta—. No pude hacerlo en la costa de rocas; la marea estaba demasiado alta y las rocas me encerraban. Tuve que venir aquí o me habría vuelto loca. Crucé el canal sola, en el bote del capitán Jim. Hace una hora que estoy aquí. Ven, ven, caminemos. No puedo quedarme quieta. ¡Ay, Ana!

—Leslie, querida Leslie, ¿qué pasa? —preguntó Ana, aunque lo sabía perfectamente bien.

—No puedo decírtelo, no me preguntes. No me importaría que lo supieras, quisiera que lo supieras, pero yo no puedo decírtelo, no puedo decírselo a nadie. He sido muy tonta, Ana, y, ay, duele tanto ser tonta. No hay nada tan doloroso en el mundo.

Rió con amargura. Ana le pasó el brazo por los hombros.

—Leslie, ¿es que amas al señor Ford?

Leslie se volvió abruptamente.


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