Ana y la casa de sus suenos

Ana y la casa de sus suenos

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—Ha sido mi amigo por tanto tiempo —le dijo a Ana, muy triste—. Era el viejo perro de Dick, ¿sabes? Hacía más o menos un año que Dick lo tenía cuando nos casamos. Lo dejó conmigo cuando se fue en el Four Sisters. Cario se encariñó mucho conmigo y su amor me ayudó a pasar aquel terrible año, después de la muerte de mi madre, en que estuve tan sola. Cuando me enteré de que Dick regresaba, tuve miedo de que Cario ya no fuera tan mío. Pero no parecía muy encariñado con Dick, aunque en un tiempo había sido su amo. Le ladraba y le gruñía, como si fuera un extraño. Yo me alegré. Me gustaba tener algo cuyo amor fuera todo mío. Ese viejo perro ha sido un consuelo muy grande para mí, Ana. Estuvo tan débil en el otoño que tuve miedo de que no viviera mucho, pero esperaba que aguantaría el invierno. Parecía estar muy bien esta mañana. Estaba acostado sobre la alfombra, frente al fuego del hogar, y de pronto se levantó y vino hasta mí, me puso la cabeza en el regazo y me miró con amor con esos ojos grandes, tan suaves, y entonces simplemente se estremeció y murió. Lo voy a extrañar tanto…

—Permíteme que te regale otro perro, Leslie —dijo Ana—. Voy a conseguir un precioso Setter Gordon como regalo de Navidad para Gilbert. Déjame que te regale uno a ti también.

Leslie negó con la cabeza.


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