Ana y la casa de sus suenos
Ana y la casa de sus suenos —SÃ. Pero yo no soy el guardián de su conciencia. Vamos, Ana, si este asunto no tuviera que ver con Leslie, si fuera un caso puramente abstracto, estarÃas de acuerdo conmigo; yo sé que sÃ.
—No —arguyó Ana, tratando de creerlo ella misma—. Ah, puedes discutir toda la noche, Gilbert, pero no me convencerás. Pregúntale a la señorita Cornelia qué opina.
—Estás arrinconada contra la última trinchera, Ana, si convocas a la señorita Cornelia como refuerzo. DirÃa: «tÃpico de un hombre», y se pondrÃa furiosa. No importa. Éste no es un asunto para ser dilucidado por la señorita Cornelia. Sólo Leslie debe decidir.
—Sabes muy bien qué decidirá —dijo Ana, casi entre lágrimas—. Ella también tiene un ideal del deber. No entiendo cómo puedes asumir semejante responsabilidad sobre tus hombros. Yo no podrÃa.
—«Porque es correcto seguir la corrección; porque es sabio, a pesar de las consecuencias» —recitó Gilbert.
—Ah, para ti dos versos son un argumento convincente —se burló Ana—. Eso es tÃpico de un hombre.
Pero entonces no pudo evitar reÃr. Le sonó como un eco de la señorita Cornelia.