Ana y la casa de sus suenos
Ana y la casa de sus suenos La primera novia de «Tejas Verdes»
Cuando Ana despertó, la mañana del día de su boda, la luz del sol se filtraba por la ventana del pequeño tejado del porche y una brisa de septiembre jugueteaba con las cortinas.
«Me alegra tanto que el sol brille sobre mí», pensó, feliz.
Recordó la primera mañana que había despertado en aquel cuartito y la luz del sol la acarició a través del perfume de la vieja enredadera de rosas. Aquél no había sido un despertar feliz, pues trajo consigo la amarga desilusión de la noche anterior. Pero desde entonces, aquel cuarto se había hecho querido y había sido consagrado por años de felices sueños de la niñez y ensueños de la adolescencia. A este cuarto había regresado feliz después de todas sus ausencias; ante esta ventana se había arrodillado durante toda aquella noche de amarga agonía en que creyó que Gilbert moriría, y a su lado se había sentado, muda de felicidad, la noche de su compromiso. Había habido muchas vigilias de alegría y algunas de pena y hoy lo dejaría para siempre. De ahora en adelante, ya no sería suyo; Dora, con sus quince años, lo heredaría cuando ella se hubiera ido. No es que Ana deseara lo contrario: el cuartito era sagrado para la juventud y la infancia, para el pasado que se cerraría hoy, cuando se abría el capítulo de su vida de esposa.
