Ana y la casa de sus suenos
Ana y la casa de sus suenos Rosas rojas
El jardín de la casita, enrojecido por las últimas rosas de aquel agosto, era un refugio amado por las abejas. La gente de la casita vivía mucho en él, y solían organizar meriendas en un rincón, más allá del arroyo, o sentarse en uno u otro lugar en el crepúsculo, cuando grandes mariposas nocturnas atravesaban la penumbra aterciopelada. Una noche, Owen Ford encontró a Leslie sola en el jardín. Ana y Gilbert no estaban y Susan, que era esperada de regreso esa noche, aún no había vuelto.
El cielo del norte se veía ámbar y verde pálido por encima de las copas de los abetos. El aire estaba fresco, pues agosto se acercaba a septiembre, y Leslie se había puesto un chal rojo sobre el vestido blanco. Juntos caminaron en silencio por los senderos cubiertos de flores. Owen debía irse pronto. Las vacaciones llegaban a su fin. Leslie descubrió que el corazón le latía con fuerza. Sabía que este querido jardín sería la escena de las palabras que sellarían el aún tácito entendimiento entre los dos.
