Ana y la casa de sus suenos
Ana y la casa de sus suenos Ana ocultó una sonrisa. Los aires de vasta experiencia de Diana siempre le hacÃan gracia.
«Supongo que yo actuaré igual cuando lleve cuatro años casada —pensó—. Aunque espero que mi sentido del humor me salve».
—¿Ya habéis decidido dónde vais a vivir? —preguntó Diana mientras acariciaba a la pequeña Cordelia con ese gesto inimitable de las madres; siempre que veÃa ese gesto, el corazón de Ana, pleno de sueños y esperanzas dulces y aún inexpresados, se colmaba de una emoción que era en parte placer puro y en parte una extraña y etérea congoja.
—SÃ. Eso querÃa contarte cuando te llamé por teléfono para que vinieras. A propósito, no puedo acostumbrarme a que tengamos teléfonos en Avonlea. Me resulta tan ridÃculamente moderno para este viejo, tranquilo y encantador lugar.
—Se lo debemos a AVIS —dijo Diana—. Nunca habrÃamos conseguido la lÃnea si la asociación no se hubiera ocupado del tema y no hubiera insistido. HabÃa obstáculos suficientes para desalentar a cualquier asociación. Pero ellos no abandonaron. Hiciste algo maravilloso por Avonlea cuando fundaste esa asociación, Ana. ¡Cómo nos divertÃamos en las reuniones! Yo nunca olvidaré el salón azul ni el plan que tenÃa Judson Parker de pintar publicidad de medicina en su cerca.
