El Valle del Arco Iris
El Valle del Arco Iris John Meredith bebió agua tomándola con su blanca y delicada mano, cuyo apretón de acero siempre sorprendía a la gente que no lo conocía, y se sentó en el asiento del arce. No tenía prisa por regresar a casa; aquél era un lugar hermoso y él estaba mentalmente cansado después de una ronda de conversaciones bastante poco interesantes con muchas buenas y tontas personas. Estaba saliendo la luna. En el Valle del Arco Iris rondaba el viento y vigilaban las estrellas solamente donde estaba él, pero lejos, desde el extremo más alto, venían las alegres notas de risas y voces infantiles.
La belleza etérea de los asteres a la luz de la luna, el resplandor del arroyito, el suave murmullo del agua, la oscilante gracia de los helechos, todo tejía una blanca magia alrededor de John Meredith. Olvidó las preocupaciones de su parroquia y los problemas espirituales; los años se fueron de él; fue otra vez un joven estudiante de teología y las rosas de junio florecían rojas y fragantes en la oscura y majestuosa cabeza de su Cecilia. Sentado allí, soñó como cualquier muchacho. Y en aquel preciso momento Rosemary West dejó el sendero lateral y estuvo a su lado en aquel peligroso lugar tejedor de encantos. John Meredith se puso en pie cuando ella se acercó y la vio —la vio realmente— por primera vez.