El Valle del Arco Iris
El Valle del Arco Iris John Meredith paseó de un lado a otro de la sala durante varios minutos; luego volvió a su estudio y se sentó. Pero no volvió a su teología alemana. Estaba demasiado turbado para eso. La señora Davis lo había traído a la realidad violentamente. ¿Era él un padre tan negligente, tan descuidado como ella había dicho? ¿Había desatendido de manera tan escandalosa el bienestar físico y espiritual de cuatro criaturitas sin madre que dependían de él? ¿Estaba su gente hablando con tanta severidad como afirmaba la señora Davis? Sería así, ya que había ido a pedirle a Una con el pleno convencimiento de que él le entregaría a la niña con tan pocos reparos y tanta alegría como uno puede regalar un gatito sin madre. ¿Y entonces?
John Meredith gimió y volvió a pasearse de un lado a otro de la habitación desordenada y cubierta de polvo. ¿Qué podía hacer? Amaba a sus hijos tan profundamente como cualquier padre y sabía, más allá del poder de la señora Davis o de cualquiera de su calaña de debilitar su convicción, que ellos lo querían con devoción. Pero ¿estaba él capacitado para tenerlos a su cuidado? Conocía, mejor que nadie, sus debilidades y sus limitaciones. Lo que se necesitaba era la presencia, la influencia y el buen sentido de una buena mujer. Pero ¿cómo se arreglaba eso? Aun cuando pudiera conseguir un ama de llaves así, la tía Martha se sentiría profundamente herida.