El Valle del Arco Iris

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La velada había sido agradable. Ellen, que hacía años que no iba a una fiesta, la había encontrado muy entretenida. Todos los invitados habían formado parte de su antiguo grupo de amigos y no hubo ningún jovencito entrometido para estropear el sabor de la noche, pues el único hijo de la pareja estaba lejos estudiando y no pudo estar presente. Estuvo Norman Douglas; era la primera vez que se veían en una reunión social, si bien ella lo había visto una o dos veces en la iglesia aquel invierno. Ni el menor sentimiento revivió en el corazón de Ellen ante el encuentro. Solía preguntarse, cuando pensaba en el tema, cómo había podido estar alguna vez enamorada de él o haberse sentido tan mal con su repentino matrimonio. Pero le gustó volver a verlo. Había olvidado lo vital y estimulante que era. No había reunión aburrida si Norman Douglas estaba presente. Todos se sorprendieron al verlo llegar. Era de público conocimiento que nunca iba a ningún lado. Los Pollock lo habían invitado porque él había sido uno de los invitados originales, pero nunca pensaron que fuera a aparecer. Había llevado a su prima segunda, Amy Annetta Douglas, a la mesa, y estuvo muy atento con ella. Pero Ellen estaba sentada enfrente y mantuvo con él una animada discusión; todos sus gritos y burlas no pudieron confundirla, discusión que ella ganó, venciendo a Norman tan tranquila y completamente que él permaneció en silencio varios minutos. Al final de ese tiempo, murmuró, con palabras que se tragó su barba colorada «vivaz como siempre, vivaz como siempre», y comenzó a atormentar a Amy Annetta, que reía como una tonta ante sus salidas, en lugar de responderlas con mordacidad, como habría hecho Ellen.


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