El Valle del Arco Iris
El Valle del Arco Iris Rosemary estaba sentada, pensando, en el asiento del arce donde había estado sentado John Meredith aquella tarde hacía casi un año. El arroyito resplandecía y borboteaba bajo su reborde de helechos. Resplandores rojo rubí del crepúsculo caían entre las ramas arqueadas. Un alto racimo de unos asteres perfectos se erguía a su lado. El lugar era tan mágico y sutil como cualquier morada de hadas y dríadas en los bosques antiguos. Allí irrumpió Norman Douglas, dispersando y aniquilando en un momento todo el encanto. Su personalidad parecía tragarse todo el lugar. Allí, sencillamente, no quedó nada más que Norman Douglas: grande, complacido y barbirrojo.
—Buenas tardes —dijo Rosemary con frialdad, poniéndose en pie.
—Buenas, muchacha. Siéntate, siéntate. Quiero hablar contigo. Bendita seas, ¿por qué me miras así? No te voy a comer; ya he cenado. Siéntate y sé bien educada.
—Puedo oír perfectamente lo que quiera decirme estando de pie —contestó Rosemary.
—Puedes, muchacha, si usas las orejas. Sólo quería que estuvieras cómoda. Se te ve incómoda ahí de pie. Bueno, yo sí me voy a sentar.