El Valle del Arco Iris
El Valle del Arco Iris Bien, Jem llegarÃa a soldado y verÃa una gran batalla; pero eso era todavÃa algo lejano en el futuro; y la madre de quien él era primogénito gustaba de mirar a sus muchachitos y agradecer a Dios que los «bravos tiempos de antaño» que Jem ansiaba hubieran pasado para siempre, y que jamás serÃa necesario que los hijos de Canadá cabalgaran hacia la guerra «por las cenizas de sus padres y los templos de sus dioses».
La sombra de la Gran Guerra todavÃa no habÃa enviado ningún heraldo de su terrible frÃo. Los muchachos que habrÃan de luchar, y tal vez caer, en los campos de Francia y Flandes, Gallipoli y Palestina, eran aún traviesos escolares con el panorama de una hermosa vida ante ellos; las chicas cuyos corazones serÃan estrujados eran aún pequeñas doncellas resplandecientes de esperanzas y sueños.
Lentamente, los estandartes de la ciudad del ocaso abandonaron sus colores rojo y oro; lentamente, la imagen del conquistador se desvaneció. El crepúsculo cubrió el valle y el grupito quedó en silencio. Walter habÃa estado leyendo otra vez su querido libro de mitos y recordó que una vez habÃa querido que el Flautista de Hammelin llegara al valle en una noche como ésa.
Comenzó a hablar, en parte porque querÃa emocionar un poquito a sus compañeros y en parte porque algo ajeno a él parecÃa estar hablando por su boca.