El Valle del Arco Iris
El Valle del Arco Iris Shirley, el niñito moreno, como lo definía el Quién es Quién de la familia, dormía en brazos de Susan. Tenía cabellos castaños, ojos pardos y piel trigueña, y las mejillas muy rosadas; era el preferido de Susan. Después de su nacimiento, Ana estuvo enferma durante mucho tiempo y Susan hizo el papel de madre con una ternura tan apasionada como ninguno de los otros niños, si bien ella los quería mucho, había logrado despertar. El doctor Blythe decía que, de no ser por ella, la criatura no habría vivido.
—Yo le di la vida tanto como usted, mi querida señora —solía decir Susan—. Es tan hijo mío como suyo.
Y, verdaderamente, era siempre a Susan a quien Shirley iba a buscar para que le diera un beso cuando se lastimaba, a que lo meciera para dormirse o a que lo protegiera de palizas bien merecidas. Susan había castigado sin resquemores a todos los niños Blythe cuando consideraba que lo necesitaban para el bien de sus almas, pero nunca pegaba a Shirley ni permitía que su madre lo hiciera. Una vez el doctor Blythe le pegó y Susan se indignó violentamente.
—Ese hombre es capaz de pegar a un ángel, mi querida señora —declaró amargamente, y durante semanas se negó a preparar pastel para el doctor.