Emily la de Luna Nueva
Emily la de Luna Nueva Ilse
Encerraron a Emily en el cuarto de huéspedes y le dijeron que se quedaría allí hasta la hora de irse a la cama. En vano rogó que no le impusieran semejante castigo. Trató de que le saliera la mirada Murray pero, al parecer, al menos en su caso, la mirada no venía a voluntad.
—Ay, no me encierres ahí sola, tía Elizabeth —imploró—. Sé que me he portado mal, pero no me encierres en el cuarto de huéspedes.
La tía Elizabeth fue inexorable. Sabía que era una crueldad encerrar a una niña hipersensible como Emily en aquella habitación lúgubre. Pero pensó que estaba cumpliendo con su deber. No se dio cuenta —y ni por un momento lo hubiera creído— de que en realidad estaba desahogando su propio resentimiento hacia Emily por su derrota y su miedo el día de la amenaza del corte de pelo. La tía Elizabeth creía que en aquella ocasión la había espantado un parecido familiar surgido de una situación tensa, y estaba avergonzada. El orgullo de los Murray había resultado lastimado por aquella humillación y el dolor sólo disminuyo cuando echó la llave de la puerta del cuarto de huéspedes ante la cara pálida de la culpable.