Emily la de Luna Nueva

Emily la de Luna Nueva

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Aquella tarde se había aventurado más lejos que de costumbre por la costa que rodeaba la bahía. Era una tarde cálida y ventosa; el aire olía a resina y a dulzura y la bahía era de un turquesa neblinoso. La parte de la costa donde se encontraba parecía solitaria y virgen, como si jamás hubiera sido hollada por pie humano, a excepción de un sendero diminuto y retozón, delgado como un cordón rojo y bordeado de grandes sábanas de musgo verde y aterciopelado, que serpenteaba entre grandes abetos blancos y rojos. La orilla se hacía más escarpada y rocosa a medida que ella avanzaba y, al final, el pequeño sendero desaparecía del todo en un matorral de helechos. Emily se volvía para regresar, cuando vio una mata esplendorosa de aster que crecía lejos, en el borde del acantilado. Tenía que arrancar una, nunca había visto un aster de un color púrpura tan oscuro e intenso. Se estiró para alcanzarla, pero el traicionero terreno mohoso cedió ante sus pies y Emily se resbaló por la escarpada pendiente. Hizo un intento desesperado por subir, pero, cuanto más lo intentaba, más rápido se deslizaba hacia abajo, arrastrándola consigo. La pendiente terminaba en un corte en picado de rocas que caía hasta la costa rocosa, diez metros más abajo. Emily experimentó un espantoso momento de terror y desesperación, pero entonces vio que el pedazo de tierra mohosa que se había desprendido se había enganchado en un estrecho saliente rocoso, colgado a medias, y ella estaba encima. Se dio cuenta de que el menor movimiento por su parte la precipitaría al vacío, directamente a las crueles rocas de la costa.


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