Emily la de Luna Nueva
Emily la de Luna Nueva ¿Qué había sido de la madre de Ilse? Incluso en su desesperada situación, Emily se formuló esa pregunta. Y no volvería a ver nunca la querida Luna Nueva, Teddy, la lechería, Tansy Patch, el bosque de John el Altivo, el viejo reloj de sol mohoso, su preciado montoncito de manuscritos del estante del sofá de la buhardilla.
«Tengo que ser muy valiente y paciente —pensó—. Mi única oportunidad es quedarme quieta. Y puedo rezar mentalmente, seguro que Dios puede escuchar los pensamientos igual que las palabras. Es bueno pensar que Él puede oírme, ya que los demás no. Ay, Dios, Dios de mi padre, por favor haz un milagro y sálvame la vida, porque no creo que deba morir ahora. Perdóname por no estar de rodillas, no puedo moverme. Y, por favor, si me muero, que la tía Elizabeth no encuentre nunca mis escritos. Por favor, que los encuentre la tía Laura. Y, por favor, que Caroline no mueva el guardarropa cuando limpie la casa, porque encontraría el cuaderno y leería lo que escribí de ella. Por favor perdóname todos mis pecados, en especial no ser agradecida y haberme cortado el flequillo, y por favor que papá no esté muy lejos. Amén».
Entonces, como era de esperar, pensó en una posdata: «Y que por favor alguien averigüe por qué la madre de Ilse hizo aquello».