Emily la de Luna Nueva

Emily la de Luna Nueva

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CAPÍTULO VEINTIOCHO

Una tejedora de sueños

Emily tardó varias semanas decidir si el señor Carpenter le gustaba o no. Sabía que no le disgustaba, ni siquiera cuando el primer saludo del maestro, que le espetó con voz áspera el primer día de clase, acompañado de un asombroso levantar de las hirsutas cejas, fue: «Así que tú eres la niña que escribe poesía. Sería mejor que te dedicaras a la aguja y a la escoba. Hay demasiados tontos en el mundo que quieren escribir poesía y fracasan. Yo una vez lo intenté. Ahora soy más sensato».

«Tienes las uñas sucias», pensó Emily.

Pero él puso patas arriba toda la tradición escolar tan rápida y completamente que Ilse, que se vanagloriaba de ponerlo patas arriba todo y que odiaba la rutina, fue la única alumna que lo quiso desde el primer momento. Algunos nunca llegaron a quererlo (los del tipo de Rhoda Stuart, por ejemplo) pero casi todos terminaron encariñándose con él cuando pudieron acostumbrarse a no acostumbrarse nunca a nada. Y Emily, por fin, decidió que el maestro le gustaba muchísimo.


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