Emily la de Luna Nueva
Emily la de Luna Nueva Apenas terminó la escuela, se fue a la buhardilla con media hoja de un papel de notas color azul. Con mucho esmero copió el poema, teniendo especial cuidado en ponerle los puntos a todas las íes y los palitos a todas las tes. Lo escribió a ambos lados de la hoja, siendo inocentemente ignorante de las reglas al uso. Luego lo leyó en voz alta, encantada, sin omitir el título, Sueños del atardecer: Había un verso que Emily degustó dos o tres veces:
La persistente música de elfos del aire.
—Creo que ese verso es muy bueno —dijo Emily—. Ahora me pregunto cómo se me habrá ocurrido.
Al día siguiente, mandó el poema y vivió en un delicioso éxtasis místico hasta el sábado siguiente. Cuando llegó el Enterprise, lo abrió con trémula ansiedad y dedos congelados, y buscó El Rincón de los poetas. ¡Había llegado el gran momento!
¡No había señales de ningún Sueño del atardecer!
Emily tiró el Enterprise y corrió a la buhardilla donde, boca abajo sobre el viejo sofá de crin, lloró su amargura y su desilusión. Apuró la copa del fracaso hasta el final. Fue espantosamente real y trágico para ella. Se sentía como si le hubieran dado una bofetada en plena cara. Se sentía aplastada en el polvo de la humillación y estaba segura de que no podría volver a levantarse jamás.