Emily la de Luna Nueva
Emily la de Luna Nueva La «Luna Nueva»
Emily encontró muy agradable el viaje a través de aquel mundo floreciente de junio. Nadie hablaba mucho; hasta Saucy Sal se había resignado al silencio de la desesperanza; de vez en cuando el primo Jimmy hacía un comentario, más para sí mismo, al parecer, que para otra persona. A veces la tía Elizabeth le respondía; a veces, no. Ella siempre hablaba tajantemente y no utilizaba palabras innecesarias.
Se detuvieron a comer en Charlottetown. Emily, que no había tenido apetito desde la muerte de su padre, no pudo comer la carne que la camarera de la posada le puso enfrente. Ante ello, la tía Elizabeth le dijo algo al oído a la camarera, que se fue y volvió al poco rato con una bandeja de rodajas blancas de pollo frío acompañadas de un precioso adorno de lechuga cortada finita.
—¿Puedes comerte eso? —preguntó la tía Elizabeth con severidad, como quien se dirige a un reo que comparece ante un tribunal.
—Lo procuraré —murmuró Emily.
En ese momento estaba demasiado asustada para decir más, pero, cuando había logrado tragar parte del pollo, su cabecita había decidido que había un tema que aclarar.
—Tía Elizabeth… —dijo.
