Historias de Avonlea
Historias de Avonlea La hija del viejo Shaw
—Pasado mañana, pasado mañana —dijo el viejo Shaw, frotándose gozosamente sus flacas manos—. Tengo que repetirlo a cada momento, para poder creerlo. Tener a Blossom otra vez conmigo me parece demasiado bueno para ser cierto y todo está listo. SĂ, creo que todo está listo, excepto la comida. ¡Y este huerto sĂ quĂ© será una sorpresa para ella! La llevarĂ© por el sendero de los abetos, y cuando lleguemos al final, me retirarĂ© disimuladamente y la dejarĂ© seguir sola desde bajo los árboles, sin sospechar. Valdrá la pena verle abrir sus enormes ojos castaños y oĂrle decir: ¡Oh, papacito! ¡Pero… papacito…!
VolviĂł a frotarse las manos sonriendo. Era un hombre alto y encorvado, con cabellos blancos como la nieve, pero de cara fresca y rosada. TenĂa los ojos de un muchacho, grandes, azules y alegres, y su boca nunca pudo abandonar esa juvenil costumbre de sonreĂr ante cualquier provocaciĂłn y, muy a menudo, aun sin ella.
