Historias de Avonlea

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CAPÍTULO OCHO

La cuarentena en la casa de Alexander Abraham

Me negué a hacerme cargo de esa clase en la Escuela Dominical la primera vez que me lo pidieron. No era que objetara enseñar allí; por el contrario, me gustaba la idea. Pero me lo solicitó el reverendo Allan, y ha sido siempre para mí una cuestión de principios no hacer nada que me pidiera un hombre, si podía evitarlo. Me destaco por ello. Alivia muchas contrariedades y simplifica magníficamente las cosas. Debo de haber nacido así, porque, a lo que recuerdo siempre fue una de mis más marcadas características la antipatía hacia hombres y perros. Me destaco por ello. Mis experiencias en la vida sólo sirvieron para acentuarla; cuanto más traté a los hombres, más amé a los gatos.

De modo que cuando el reverendo Allan me preguntó si quería hacerme cargo del curso en la Escuela Dominical, le contesté en forma que no le quedasen dudas al respecto. Si hubiese enviado a su mujer al comienzo, en lugar de hacerlo después, habría conseguido antes lo que deseaba. La gente hace por lo general en seguida lo que le pide la señora Allan, porque sabe que así ahorra tiempo.


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