Historias de Avonlea
Historias de Avonlea —¡Oh, Ma! —empezó a decir Pa, poniéndose, implorante, de pie.
Ma lo inmovilizó con una mirada.
—Siéntate, Pa —ordenó.
Pa obedeció con aspecto de infeliz.
Entonces Ma contemplo al sonriente Josiah, quien se sintió momentáneamente tan culpable como si lo hubieran pescado robando ovejas.
—Le estamos muy agradecidos, señor Spencer —dijo Ma con voz fría—, pero este niño es nuestro. Negocios son negocios. Pagué por el niño y no pienso perder mi dinero. Vamos a quedarnos con este niño a pesar de todos sus tíos de Manitoba. ¿Está bastante claro, señor Spencer?
—Cierto, cierto —tartamudeó el infortunado, sintiéndose más culpable que nunca—, es que pensé que como le había escrito al tío… yo…
—Yo en su lugar no pensaría tanto —dijo Ma gentilmente—. Debe de costarle mucho. ¿No quisiera quedarse a tomar el té?
Pero no, Josiah no tenía la menor intención. Estaba muy contento de escapar tan fácilmente.
Pa se puso de pie y se acercó a la silla de Ma.
—Ma, eres una gran mujer —dijo suavemente.
—Vete, hombre.