Historias de Avonlea

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CAPÍTULO DOCE

El fin de una disputa

Nancy Rogerson se sentó sobre el umbral de la puerta de Louisa Shaw lanzando un largo suspiro de placer con atisbos de tristeza. Todo parecía ser lo mismo; el jardín cuadrado era tan cuadrado como siempre y tan desordenado, con la misma encantadora mezcla de frutas y flores, matorrales de grosellas y lilas, un manzano retorcido que aparecía aquí y allá y un espeso matorral de cerezas al pie. Detrás se veía una línea de afilados abetos, que se destacaban contra el rosado poniente, sin parecer un día más viejos que veinte años antes, cuando Nancy era una jovencita que caminaba y soñaba a su sombra. El viejo sauce estaba tan grande y llorón como entonces y también, pensó Nancy estremeciéndose, tan lleno de orugas. Nancy había aprendido muchas cosas en sus veinte años de exilio de Avonlea, pero no pudo aprender a dominar su temor a las orugas.

—Pocos cambios hay, Louisa —dijo, apoyando el mentón entre sus manos regordetas y blancas, mientras aspiraba el deleitoso olor de la menta aplastada por los pies de Louisa—. Me alegro; temía regresar por miedo a que hubieras mejorado el jardín, matándolo, o peor aún, trasformándolo en un campo ordenado. Está tan magníficamente desarreglado como siempre y la cerca aún se balancea. No puede ser la misma, pero lo parece. No, todo ha cambiado muy poco. Gracias, Louisa.


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