Historias de Avonlea

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CAPÍTULO TRES

Cada uno en su propia lengua

El dorado sol otoñal caía densamente sobre los arces rojos y ámbar que guardaban la puerta de la casa del anciano Abel Blair. Era la única puerta que comunicaba con el exterior y ordinariamente estaba abierta de par en par. Un perrito al que le faltaba una oreja se encontraba casi siempre durmiendo sobre la gastada piedra arenisca roja que servía de umbral a la casa; y sobre una viga aún más gastada casi siempre dormía un gran gato gris. A la entrada, en una estevada silla que hablaba de tiempos lejanos, casi siempre se encontraba sentado el viejo Abel.

Y allí estaba esa tarde. Era un hombrecillo pequeño, enfermo de reumatismo, de cabeza exageradamente grande, coronada por largo y tieso cabello negro, de rostro cruzado por innumerables arrugas y ojos negros y profundos con ocasionales relámpagos dorados. Tenía un aspecto muy extraño el viejo Abel Blair. Y tan extraño como su aspecto era su carácter.




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