Rilla la de Ingleside

Rilla la de Ingleside

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8. Rilla decide

Tanto las familias como los individuos se acostumbran pronto a las nuevas condiciones y las aceptan sin cuestionamientos. Una semana después, ya parecía que el bebé Anderson hubiera estado siempre en Ingleside. Después de las tres primeras noches de agitación, Rilla volvió a dormir normalmente. Se despertaba casi por automatismo para atender al niño a la hora que hacía falta. Lo bañaba, lo alimentaba y vestía con una destreza tal que se hubiera dicho que lo había hecho durante toda su vida. No le gustaba ese trabajo, no le gustaba el bebé, lo manejaba con recelo como si fuera un pequeño lagarto de fragilidad suprema; pero cumplía con él a conciencia y no había bebé más limpio ni mejor cuidado en Glen St. Mary. Hasta tomó la costumbre de pesar a la criaturita todos los días y anotar el peso en su diario; pero a veces se preguntaba patéticamente por qué el destino la habría hecho tomar por la calle de los Anderson en ese día fatal. Shirley, Nan y Di no le hacían tantas bromas como había esperado. Parecían aturdidos por el hecho de que hubiera adoptado un bebé de guerra; además tal vez el doctor había dado instrucciones al respecto. Walter jamás la había molestado por nada, eso era evidente; un día le dijo que era genial.



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