Rilla la de Ingleside

Rilla la de Ingleside

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11. Claro y oscuro

Para Navidad volvieron los universitarios y por un breve tiempo todo fue alegría otra vez. Pero no estaban todos allí… por primera vez faltaba uno en la mesa navideña. Jem, el de labios callados y mirada intrépida, estaba muy lejos; para Rilla, ver su lugar vacío era algo muy difícil de soportar. Susan se encaprichó con la idea de poner su lugar en la mesa como siempre, con el servilletero trenzado que tenía desde pequeño y el extraño copón de Tejas Verdes que le había regalado la tía Marilla, y que no había dejado de usar desde entonces. Dijo con firmeza:

—Ese bendito niño tendrá su lugar en la mesa, mi querida señora. Y no se sienta mal por eso porque hoy estará con nosotros en espíritu y la próxima Navidad de cuerpo entero. Espere a que se haga el Gran Ataque y esta guerra terminará en un periquete.

Todos trataban de pensar así, pero había una sombra oculta detrás de la alegría. Walter también estuvo callado y apático durante todas las vacaciones. Mostró a Rilla una carta anónima que había recibido en Redmond; había más malicia que indignación patriótica en ella.

—No importa, Rilla. Todo lo que dice es verdad.

Rilla se la quitó y la arrojó al fuego.

—No hay nada de verdad en esa carta —declaró, indignada—. Walter, estás morboso como dice la señorita Oliver. Siempre estás pensando en lo mismo.


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