Rilla la de Ingleside
Rilla la de Ingleside Para Navidad volvieron los universitarios y por un breve tiempo todo fue alegrÃa otra vez. Pero no estaban todos allÃ… por primera vez faltaba uno en la mesa navideña. Jem, el de labios callados y mirada intrépida, estaba muy lejos; para Rilla, ver su lugar vacÃo era algo muy difÃcil de soportar. Susan se encaprichó con la idea de poner su lugar en la mesa como siempre, con el servilletero trenzado que tenÃa desde pequeño y el extraño copón de Tejas Verdes que le habÃa regalado la tÃa Marilla, y que no habÃa dejado de usar desde entonces. Dijo con firmeza:
—Ese bendito niño tendrá su lugar en la mesa, mi querida señora. Y no se sienta mal por eso porque hoy estará con nosotros en espÃritu y la próxima Navidad de cuerpo entero. Espere a que se haga el Gran Ataque y esta guerra terminará en un periquete.
Todos trataban de pensar asÃ, pero habÃa una sombra oculta detrás de la alegrÃa. Walter también estuvo callado y apático durante todas las vacaciones. Mostró a Rilla una carta anónima que habÃa recibido en Redmond; habÃa más malicia que indignación patriótica en ella.
—No importa, Rilla. Todo lo que dice es verdad.
Rilla se la quitó y la arrojó al fuego.
—No hay nada de verdad en esa carta —declaró, indignada—. Walter, estás morboso como dice la señorita Oliver. Siempre estás pensando en lo mismo.
