Rilla la de Ingleside

Rilla la de Ingleside

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Rilla no perdió tiempo ni aliento defendiendo a la señorita Oliver. Agradeció fríamente a Irene, que de pronto se había vuelto amable y efusiva, y se marchó. Daba las gracias a quien fuere porque la reunión hubiera terminado. Pero sabía que Irene y ella jamás podrían volver a ser amigas como antes. A tratarse bien, sí… pero ser amigas, no. Ni siquiera quería ser amiga de Irene. Se había pasado el invierno lamentando la pérdida de su compañera, un sentimiento constante como una corriente subterránea por debajo de sus otras preocupaciones, las más importantes. Ahora esa sensación había desaparecido. Irene no pertenecía, como diría la señora Elliott, a la raza que conoció a José. Rilla no era consciente de haber madurado, de haber superado su admiración por Irene. Si alguien se lo hubiera dicho, habría pensado que era una idea absurda. Ella todavía no tenía diecisiete años e Irene había cumplido los veinte. Pero era verdad. Irene seguía siendo igual al año anterior, a como sería siempre. La naturaleza de Rilla Blythe había madurado, cambiado, se había profundizado en ese año. Se descubrió entendiendo a Irene con una claridad desconcertante: bajo su dulzura superficial distinguía con nitidez la mezquindad, la falsedad, la falta de sinceridad, la esencial pequeñez de espíritu. Irene había perdido para siempre a su fiel admiradora.



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