Rilla la de Ingleside
Rilla la de Ingleside Durante el día siguiente, Susan dejó que la bandera flameara en Ingleside en honor a la declaración de guerra por parte de Italia.
—Y antes no hubiera sido oportuno, mi querida señora, teniendo en cuenta cómo están las cosas en el frente ruso. Diga usted lo que quiera, pero esos rusos son alegres aunque el Gran Duque sea todo lo contrario. Es una suerte para Italia haberse aliado con el bando correcto. En cuanto a los aliados, no sé si les conviene, no puedo decirlo hasta no saber algo más sobre los italianos. De todos modos el asunto le va a dar bastante en qué pensar al fracasado de Francisco José. Un buen emperador por cierto: con un pie en la tumba y sigue planificando muertes al por mayor.
Susan golpeaba y amasaba el pan con la misma energía que hubiese puesto para golpear al mismo Francisco José, si éste hubiera tenido la mala suerte de caer bajo sus garras.
Esa mañana temprano, Walter se había ido a la ciudad en el tren; Nan se ofreció para cuidar a Jims así que Rilla quedó libre. Estaba terriblemente ocupada, ayudando a decorar el teatro de Glen y supervisando cien cosas a la vez. La tarde era preciosa, a pesar de que el señor Pryor había dicho «ojalá llueva a cántaros», mientras le daba un puntapié al perro de Miranda con toda premeditación.