Rilla la de Ingleside
Rilla la de Ingleside Walter regresó con un largo suspiro. Se puso de pie y contempló el hermoso valle bajo la luna, como para impregnarse la mente y el corazón con el encanto del lugar.
—Así lo veré en mis sueños —dijo, mientras se volvía. Volvieron a Ingleside. Estaban el señor y la señora Meredith, con Gertrude Oliver, que había venido desde Lowbridge para despedirse. Todos se mostraban alegres, pero nadie hablaba demasiado sobre el inminente final de la guerra como habían hecho cuando partió Jem. No hablaron sobre la guerra en absoluto… y no pensaron en ninguna otra cosa. Por fin se reunieron alrededor del piano y cantaron el viejo y grandioso himno:
Oh, Dios, ayuda nuestra en tiempos pasados, Esperanza nuestra en eras que vendrán. Nuestro refugio del cruel temporal. Y nuestro eterno hogar.
—Todos volvemos a Dios en estos tiempos de tribulación —comentó Gertrude a John Meredith—. Hubo tiempos en que yo no creía en Dios, es decir, no como Dios, sino como la impersonal Gran Causa Primera de los científicos. Ahora creo en Él, tengo que creer, no hay nada en qué apoyarse salvo Dios, con humildad, por completo, incondicionalmente.
—«Ayuda nuestra en tiempos pasados», «ayer, hoy y para siempre» —murmuró el ministro con suavidad—. Cuando nos olvidamos de Dios… Él nos recuerda.