Rilla la de Ingleside
Rilla la de Ingleside A Rilla se le quebraba la voz, porque con esas palabras se imaginaba una escena vívida y horrible en la que un submarino se hundía entre las olas despiadadas mientras los hombres se ahogaban dando gritos de desesperación. Pero más tarde llegaron noticias de que el regimiento de Kenneth, había llegado sano y salvo a Inglaterra; y ahora por fin, tenía una carta. Comenzaba con algo que la hizo muy pero muy feliz a pesar de la situación y terminaba con un párrafo que la hizo ruborizar de deleite, alegría y esperanza. Entre el principio y el final la carta estaba escrita con alegría y con la información que Ken podría haber dirigido a cualquiera; pero, gracias al encabezamiento y al final, Rilla durmió con esa carta bajo su almohada durante semanas. A veces se despertaba en mitad de la noche sólo para tocarla y sentía pena por las demás muchachas, pensaba que ninguno de sus novios podía haber escrito nada que se acercara siquiera parecido a esos párrafos maravillosos y exquisitos. No en vano Kenneth era hijo de un famoso escritor de novelas. Él tenía un estilo para expresar las cosas con pocas palabras, punzantes, significativas, que sugerían mucho más que su mero significado; y por más que las releyera miles de veces nunca se hacían viejas ni remanidas ni tontas. Rilla regresó a su casa flotando. Pero los momentos de alegría fueron escasos durante ese otoño. Hubo, por ejemplo, un día de septiembre, en que llegó la noticia de una gran victoria aliada en el Oeste y Susan corrió a izar la bandera, era la primera vez desde que se había quebrado la línea rusa y sería la última durante muchas tristes lunas.