Rilla la de Ingleside
Rilla la de Ingleside —¿Por dónde andas, mi Ana? —preguntó el doctor, que todavÃa, después de veinticuatro años de matrimonio, llamaba asà a su mujer de tanto en tanto cuando no habÃa nadie alrededor. Ana estaba sentada sobre los escalones de la galerÃa, contemplando el festivo mundo primaveral con mirada distraÃda. Más allá del huerto blanco habÃa un bosquecillo de pinos oscuros y cerezos silvestres donde los pájaros cantaban con regocijo; caÃa la noche y el fuego de las primeras estrellas ardÃa sobre el bosque de arces.
Ana volvió con un suspiro.
—Me estaba evadiendo de las intolerables realidades con un sueño, Gilbert; un sueño en el que todos nuestros hijos estaban de nuevo en casa, y eran pequeños y jugaban en el Valle del Arco Iris. Está tan silencioso ahora… pero imaginaba las voces claras y los sonidos infantiles como en el pasado. OÃa el silbido de Jem y el aullido de Walter, la risa de las mellizas y por unos instantes benditos olvidé los cañones del frente y sentà una felicidad falsa, dulce.
