Rilla la de Ingleside

Rilla la de Ingleside

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—Están agotando a los alemanes y mientras sea así, no me importa si sucede unos kilómetros más o menos hacia el este. No soy —admitió Susan con impresionante humildad— una experta en temas militares, Sophia Crawford, pero hasta yo me doy cuenta de eso y también lo harías tú si no te empecinaras en ser tan pesimista. Los hunos no tienen toda la inteligencia del mundo. Bueno, que la guerra quede en manos de Haig por el resto del día. Me voy a preparar un baño para la torta de chocolate. Y cuando esté lista, voy a ponerla en el estante más alto. La última la dejé en el de abajo y el pequeño Kitchener le clavó los dedos y se comió todo el baño. Teníamos invitados esa noche y cuando fui a buscar la torta, me encontré con un espectáculo que…

—¿No saben nada del padre de ese pobre huérfano, todavía? —preguntó la prima Sophia.

—Sí, recibí una carta de él en julio —respondió Rilla—. Decía que cuando se enteró de la muerte de su esposa y de que yo había tomado al bebé, el señor Meredith le escribió, ¿se acuerdan?, mandó carta de inmediato, pero como nunca le contestaron, supuso que la carta se habría perdido.



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