Rilla la de Ingleside

Rilla la de Ingleside

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23. «Entonces, buenas noches»

La feroz llama de sufrimiento se había consumido a sí misma y el polvo gris de sus cenizas caía sobre el mundo. La vida joven de Rilla se recuperó físicamente antes que la de su madre. Durante semanas la señora Blythe estuvo enferma de dolor y tristeza. Rilla descubrió que era posible seguir existiendo porque la vida no le daba descanso. Había trabajo que hacer: Susan no podía hacerlo todo. Por el bien de su madre durante el día, tenía que envolverse en serenidad y tolerancia como en una manta; pero noche tras noche se tendía en la cama a llorar las lágrimas amargas y rebeldes de la juventud hasta que no tuvo más lagrimas y un dolor pequeño y constante se le instaló en el corazón, un dolor que duraría hasta el día de su muerte.

Se aferró a la señorita Oliver, que sabía qué decir y qué no decir. Eran tan pocos los que sabían eso. Las visitas amables, bien intencionadas, querían reconfortarla pero a veces le hacían pasar momentos terribles.

—El tiempo lo cura todo —dijo la señora Reese con un tono estoico. Tenía tres hijos pero ninguno de ellos había ido al frente.


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