Rilla la de Ingleside
Rilla la de Ingleside «GOLPEADOS PERO NO ABATIDOS», decĂa la primera plana del periĂłdico del lunes y Susan se lo repetĂa a sĂ misma una y mil veces mientras hacĂa su trabajo. El hueco ocasionado por el desastre de San QuintĂn fue rellenado a tiempo pero la lĂnea aliada iba saliendo inexorablemente del territorio que habĂan conseguido en 1917 a costa de medio millĂłn de vidas. El miĂ©rcoles la primera plana decĂa: «INGLATERRA Y FRANCIA CONTIENEN A LOS ALEMANES»; pero la retirada continuaba. Atrás… y atrás y ¡atrás! ÂżCuándo terminarĂa? ÂżVolverĂan a romper la defensa otra vez…? ÂżSerĂa esta vez la catástrofe definitiva?
El sábado, los diarios decĂan: «BERLĂŤN ADMITE QUE SU OFENSIVA HA SIDO CONTENIDA» y por primera vez los habitantes de Ingleside se animaron a dar un largo suspiro.
—Bueno, ya pasamos una semana… ahora esperemos la próxima —dijo Susan decidida.
—Me siento como un prisionero al que le acaban de detener el potro de tortura —dijo la señorita Oliver a Rilla, cuando iban para la iglesia el domingo de Pascua—. Pero todavĂa no me bajaron. La tortura puede volver a comenzar de un momento a otro.
—El domingo pasado dudĂ© de Dios —dijo Rilla—, pero no me pasa lo mismo hoy. El Mal no puede ganar. El espĂritu está de nuestro lado e inevitablemente sobrevivirá a la carne.