Rilla la de Ingleside

Rilla la de Ingleside

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El mensaje era: «Acabo de llegar. Escapé de Alemania. Estoy bien. Va carta. James Blythe».

No me desmayé ni grité. No me sentí feliz ni sorprendida. No sentí nada. Quedé como atontada, como cuando me enteré que Walter se había enrolado. Colgué y me di vuelta. Mamá estaba en la puerta de su dormitorio. Tenía puesta la vieja bata rosada y llevaba el pelo atado en una larga trenza. Le brillaban los ojos. Parecía una jovencita.

«¿Noticias de Jem?», preguntó.

¿Cómo lo supo? Yo no había dicho una sola palabra por el teléfono, salvo: «Sí… sí… sí». Ella dice que no sabe cómo lo supo, pero lo supo. Estaba despierta, oyó el teléfono y supo que había noticias de Jem.

«Está vivo… está bien… está en Holanda», le conté.

Mamá salió al corredor y exclamó:

«Tengo que hablarle a tu padre y decírselo. Está en Upper Glen».

Estaba serena y contenida, cosa que no hubiera esperado. Pero yo, no. Desperté a Gertrude y a Susan y se lo conté. Susan primero dijo:

«Gracias a Dios —y luego—: ¿No les dije que Lunes lo sabía? —Y después—: Voy abajo a preparar una taza de té».


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