Rilla la de Ingleside
Rilla la de Ingleside La primera fiesta de Rilla fue un triunfo… o por lo menos eso pareció al principio. La invitaron tanto a bailar que tuvo que cambiar de compañero en la mitad de las piezas. Sus zapatos plateados parecían moverse por si mismos y aunque seguían apretándole los dedos y ampollándole los talones, eso no interfirió en absoluto con su alegría. Ethel Reese le hizo pasar un mal rato llamándola con aire misterioso y susurrándole con una sonrisita burlona que tenía un agujero en la parte de atrás del vestido y una mancha en el volante. Rilla corrió afligidísima a la habitación designada temporalmente para vestuario de damas y descubrió que la mancha era apenas una sombra de hierba y el agujero era un desgarro diminuto donde se había soltado un ganchillo. Irene Howard se lo prendió de nuevo y le dirigió unos cumplidos dulces y condescendientes. Rilla se sintió halagada por la atención de Irene. Era una chica de diecinueve años de Upper Glen, que parecía disfrutar de la compañía de muchachas más pequeñas que ella; las malas lenguas decían que era porque podía reinar sobre ellas sin competencia. Pero a Rilla le parecía maravillosa y disfrutaba de su atención. Irene era bonita y elegante. Cantaba muy pero muy bien y pasaba los inviernos en Charlottetown tomando lecciones de música. Tenía una tía en Montreal que le enviaba ropa elegantísima; se decía que había tenido un romance triste: nadie sabía los detalles pero el misterio en sí era atractivo. Rilla sintió que los cumplidos de Irene coronaban la velada. Volvió corriendo al salón de baile y se quedó un instante bajo los faroles de la entrada, contemplando a los bailarines. Una repentina interrupción del movimiento agitado de la juventud le permitió ver a Kenneth Ford de pie en el otro extremo del salón.
