Valancy Stirling
Valancy Stirling Señor, bendice los alimentos que vamos a tomar y consagra nuestra vida a tu servicio. ¡Amén! —dijo el tÃo Herbert enérgicamente.
La tÃa Wellington frunció el ceño. Siempre habÃa considerado que las plegarias del tÃo Herbert eran demasiado cortas e irreverentes. Una plegaria, para ser considerada como tal a los ojos de la tÃa Wellington, debÃa durar al menos tres minutos y ser pronunciada con una entonación casi sobrenatural, entre un canto y un lamento. A modo de protesta, mantuvo su cabeza inclinada durante un tiempo perceptible —a pesar de que el resto ya la habÃa levantado—. Cuando finalmente se permitió sentarse erguida constató que Valancy la estaba observando. La tÃa Wellington afirma que desde ese preciso momento comprendió que algo no andaba bien en la cabeza de Valancy. En aquellos extraños ojos rasgados —deberÃan haberse imaginado que algo no iba bien en ella con unos ojos como los suyos— percibió un extraño destello de burla y diversión, como si Valancy se estuviera riendo de ella. Ciertamente, tal cosa era algo impensable. Asà pues, la tÃa Wellington dejó de pensar en ello.
