Valancy Stirling

Valancy Stirling

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XVI

Valancy se había encaminado a la casa de Abel el Aullador por el camino de Mistawis —bajo un cielo púrpura y ámbar—, con una extraña euforia y el corazón henchido de esperanza. Allá, a sus espaldas, su madre y la prima Stickles lloraban —lloraban por su propia suerte, no por la de Valancy—. Pero he aquí que ella sentía ahora el viento sobre su rostro, una suave brisa húmeda de rocío, refrescante, un viento que soplaba sobre los caminos cubiertos de hierba. ¡Oh, cuánto le agradaba el viento! A lo largo del camino se escuchaba el canto de los soñolientos petirrojos silbando sobre los pinos y el aire húmedo aromatizaba con un olor balsámico. Grandes coches pasaban ronroneando bajo el violáceo crepúsculo —la llegada masiva de los turistas que se instalaban durante el verano en la región de Muskoka ya había comenzado—, pero Valancy no envidiaba a sus ocupantes. Las casas de Muskoka podían ser encantadoras, pero más lejos, bajo el cielo del atardecer, entre las agujas de los pinos, se erigía el Castillo Azul. Apartó lejos de ella, como si fueran hojas muertas, los años pasados y las viejas costumbres e inhibiciones. No volvería a dejarse dominar por ellas.




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