Valancy Stirling

Valancy Stirling

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XVII

Cuando Valancy llevaba una semana viviendo en casa de Abel el Aullador tuvo la impresión de que la separaban años de su antigua vida y todas las personas que había conocido en el pasado. Comenzaban a parecerle distantes, como en un sueño, muy lejanas. Y a medida que pasaban los días, le parecían aún más y más distantes, hasta que dejaron de importarle por completo.

Era feliz. Nadie la molestaba nunca con acertijos o insistía en que tomara las Pastillas Púrpuras. Nadie la llamaba Doss ni se preocupaban de que pudiera contraer un resfriado. No había acolchados que zurcir, ni abominables plantas del caucho que regar, ni gélidos estados de ánimo maternales que soportar. Podía quedarse sola cuando quería, acostarse cuando lo deseaba, y estornudar cuando tenía necesidad. En los largos y maravillosos crepúsculos del norte, cuando Cissy dormía y Abel el Aullador estaba ausente, Valancy podía sentarse durante horas en los escalones del desvencijado porche de la parte posterior de la casa, y contemplar el paisaje más allá de los páramos —en dirección a las colinas cubiertas de una fina floración púrpura— escuchando el delicioso canto salvaje del viento entonando dulces melodías entre los jóvenes abetos, y respirando el aroma de las hierbas expuestas al sol hasta que la oscuridad de la noche invadía el paisaje como una ola refrescante y bienvenida.


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