Valancy Stirling
Valancy Stirling —Espero que lo disfrutes —repitió.
Valancy disfrutó del trayecto en carruaje. Salieron temprano, pues habÃa doce millas hasta Chidley Corners, y tenÃan que recorrerlas en la vieja y andrajosa calesa cubierta[28] de Abel. El camino era abrupto y rocoso, como la mayorÃa de las carreteras de Muskoka, pero lleno del austero encanto de los bosques del norte; serpenteaba a través de hermosos y susurrantes pinos —que constituÃan encantadoras escalas en aquel ocaso de junio—, y sobre curiosos riachuelos verde jade de Muskoka, rodeados de álamos que se estremecÃan sin cesar con cierto júbilo celestial.
Abel el Aullador era también una excelente compañÃa. ConocÃa todas las historias y leyendas de aquella maravillosa y salvaje zona apartada y se las fue contando a Valancy mientras la transitaban. La joven tuvo varios ataques de risa para sus adentros, especulando sobre lo que el tÃo y la tÃa Wellington, y compañÃa, pensarÃan y sentirÃan si la vieran dirigirse con Abel el Aullador hacÃa un baile en Chidley Corners, en aquella horrible calesa.
La velada comenzó tranquila y Valancy se entretenÃa y se divertÃa mucho. Incluso bailó en dos ocasiones con dos buenos chicos de los arrabales que bailaban muy bien y que le habÃan confesado que ella también lo hacÃa espléndidamente.