Valancy Stirling
Valancy Stirling A las once había cambiado de opinión. Había llegado un nuevo grupo de gente —un nuevo grupo inequívocamente en estado de embriaguez—. El whisky comenzó a fluir libremente, y muy pronto casi todos los hombres estuvieron borrachos. Los que estaban al aire libre o en la entrada comenzaron a aullar sin cesar: «¡Salid de ahí!». La sala se volvió muy ruidosa y hedienta, y las peleas estallaron aquí y allá. Se podían escuchar canciones obscenas y expresiones vulgares; y las chicas, mecidas toscamente en la pista de baile, comenzaron a verse desgreñadas y groseras. Valancy, sola en un rincón, se sentía disgustada y arrepentida. ¿Por qué había venido a un lugar como ese? La independencia y la libertad estaban muy bien, pero una no debía comportarse como una tonta. Debería haber intuido lo que ocurriría, si… si tan solo hubiera tomado en consideración las discretas advertencias de Cissy. Tenía un fuerte dolor de cabeza, y ya había tenido bastante de todo aquello. Pero ¿qué podía hacer? Tendría que quedarse hasta el final de la velada, pues Abel no podía marcharse antes. Y eso sería, probablemente, a las tres o las cuatro de la madrugada.