Valancy Stirling

Valancy Stirling

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XXVIII

El verano siguió su curso. El clan Stirling —con la insignificante excepción de la prima Georgiana— había convenido tácitamente en seguir el ejemplo del tío James y dar por muerta a Valancy. Pero, sin duda alguna, Valancy tenía la inquietante y espectral costumbre de resucitar reiteradamente cuando ella y Barney cruzaban Deerwood traqueteando en ese espantoso coche en dirección a Port Lawrence. Valancy, con la cabeza descubierta y estrellas en los ojos; Barney, con la cabeza descubierta y fumando su pipa. Pero afeitado. Ahora siempre iba afeitado, si es que alguno de ellos se había dado cuenta. Incluso poseían el atrevimiento de acudir a la tienda del tío Benjamín a comprar comestibles. El tío Benjamín los ignoró en dos ocasiones. ¿Acaso no pertenecía Valancy al mundo de los muertos? Y Snaith jamás había llegado a existir. Pero la tercera vez le dijo a Barney que era un canalla y que deberían colgarle por haber alejado a una muchacha desgraciada y sin carácter de su hogar y sus amistades.

Barney alzó su única ceja recta.

—La he hecho feliz —dijo con frialdad—; se sentía miserable junto a sus amistades. No hay nada más que hablar.

El tío Benjamin le miró fijamente. Jamás se le había pasado por la cabeza que a las mujeres se las tuviera —o debiera— que «hacer felices».

—¡Tú… mocoso! —dijo.


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