Valancy Stirling
Valancy Stirling —No volveré a dejarte.
—Debes hacerlo —protestó Valancy— si asà lo deseas. Me sentirÃa miserable si creyese que has querido marcharte y no lo has hecho por mi culpa. Quiero que te sientas completamente libre.
Barney rio con cierto cinismo.
—No existe nada semejante a la libertad en la tierra —dijo—. Solo distintas clases de ataduras. Y cadenas comparativas. Tú ahora crees que eres libre porque has escapado de una especie de confinamiento particularmente insoportable. ¿Pero lo eres realmente? Me amas… eso es una cadena.
—¿Quién dijo o escribió que «aquella prisión a la que nosotros mismos nos condenamos, no es tal prisión[38]»? —preguntó Valancy débilmente.
—Ah, ahà lo tienes —dijo Barney—. Esa es toda la libertad a la que podemos aspirar: la libertad de escoger nuestra propia prisión. Pero, Luz de Luna… —se detuvo ante la puerta del Castillo Azul y miró a su alrededor; hacia el magnÃfico lago, el enorme y sombrÃo bosque, las fogatas, las luces titilantes—… Luz de Luna, me alegro de estar de vuelta en casa. Cuando me dirigÃa hacia aquà atravesando el bosque y he visto las luces de mi hogar… mis luces… brillando bajo los vetustos pinos… es algo que jamás habÃa visto… oh, muchacha, me he sentido feliz, ¡feliz!