Valancy Stirling

Valancy Stirling

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XXXI

Llegó el otoño y finales de septiembre con sus gélidas noches. Se vieron obligados a renunciar a la veranda, pero solían encender un fuego en la gran chimenea y se sentaban ante él entre bromas y risas. Dejaban las puertas abiertas, y Banjo y Good Luck entraban y salían a su antojo. A veces tomaban asiento, profundamente indignados, sobre la alfombra de piel de oso, entre Valancy y Barney; en otras ocasiones, se escabullían hacia los misterios que escondía la noche helada en el exterior. Las estrellas ardían en las neblinas del horizonte atravesando el viejo mirador. El evocador y persistente canturreo de los pinos inundaba el aire. Si se levantaba el viento, las pequeñas olas comenzaban a salpicar, suave y quejumbrosamente, sobre las rocas que se hallaban situadas por debajo de ellos. No necesitaban más luz que la que proporcionaba el fuego; unas veces se elevaba con fuerza y les iluminaba, y otras les cubría de sombras. Cuando la brisa nocturna soplaba con más fuerza, Barney cerraba la puerta, encendía una lámpara y leía para ella… poesía, ensayos y crónicas improbables y espléndidas de antiguas guerras. Barney jamás leía novelas; aseguraba que le aburrían. Pero en ocasiones Valancy las leía para sí misma, acurrucada sobre las pieles de lobo, riendo en voz alta y en paz. Barney no era de esas personas molestas que no soportan escuchar cómo alguien se ríe de forma audible por alguna cosa sin preguntar plácidamente: «¿De qué te ríes?».


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