Valancy Stirling
Valancy Stirling Primavera. Mistawis estuvo inmersa en la oscuridad y el silencio durante una semana o dos, para luego volver a resplandecer de azul zafiro y turquesa, lila y rosa, riendo a través del mirador, acariciando sus islas de amatista, meciéndose a merced de brisas suaves como la seda.
Las ranas, pequeñas hechiceras verdes de las ciénagas y los estanques, croando por doquier durante los largos crepúsculos hasta bien entrada la noche; islas de aspecto feérico sumergidas en una verde niebla; la magnificencia evanescente de los jóvenes árboles silvestres con sus primeras hojas; la belleza semejante a la escarcha del nuevo follaje de los juníperos; los bosques vistiéndose de florecillas primaverales; entes delicados y espirituales semejantes al alma de la naturaleza; neblina roja en los arces; sauces engalanados con candelillas de un fulgente plateado; todas las violetas olvidadas de Mistawis floreciendo nuevamente; el encanto de las lunas de abril.
—Piensa en las miles de primaveras que han sobrevenido aquí en Mistawis… y todas ellas hermosas —dijo Valancy—. ¡Oh, Barney, mira ese ciruelo silvestre! Voy a… necesito citar a John Foster. Hay un pasaje en uno de sus libros… lo he leído una y otra vez, cientos de veces. Tuvo que escribirlo ante un árbol igual que ese.
